El proceso de conquista de la Península Ibérica
Las Guerras Púnicas y la llegada de Roma
Roma no llegó a la Península con la intención inicial de conquistarla, sino para frenar a su gran rival: Cartago. Durante la Segunda Guerra Púnica, el general cartaginés Aníbal atacó Roma desde Hispania. Como respuesta, los romanos, liderados por los hermanos Escipión, realizaron el desembarco en Ampurias (Emporion) en el año 218 a.C.
Tras la derrota de los cartagineses en la Batalla de Ilipa, Roma decidió quedarse en la Península atraída por sus riquezas. Escipión el Africano fue la figura clave que consolidó el control romano en el levante y sur peninsular.
La resistencia de los pueblos peninsulares
La expansión hacia el interior fue mucho más difícil debido a la feroz resistencia de los pueblos indígenas:
- Guerras Lusitanas: Destaca la figura de Viriato, un pastor lusitano que utilizó la táctica de guerrillas para derrotar a las legiones romanas durante años. Fue asesinado a traición por sus propios lugartenientes sobornados por Roma.
- Sitio de Numancia: Esta ciudad celtíbera se convirtió en un símbolo de resistencia. Tras años de asedio, los numantinos prefirieron quemar la ciudad y suicidarse antes que rendirse a las tropas de Escipión Emiliano en el 133 a.C.
El fin de la conquista bajo Augusto
La conquista finalizó en tiempos del emperador Augusto. Entre el 29 y el 19 a.C. tuvieron lugar las Guerras Cántabras contra los pueblos del norte (cántabros y astures). Con la victoria romana, se alcanzó la Pax Romana en todo el territorio, logrando por primera vez el control total de la Península.


